miércoles, 26 de enero de 2011

NIETZSCHE Y LA MÚSICA

«Sin la música la vida sería un error»*

Por Eric Blondel**

Para Nietzsche la música expresa, más que cualquier otro arte, la realidad de la voluntad de poder, ella es, aun trágica y melancólica, el estimulante de la vida. Compositor, escribió mucho sobre música.

«Sin la música la vida sería un error» (Crepúsculo de los ídolos, § 33). Esta magnífica declaración de amor a la música, que Nietzsche ha repetido en sus cartas a Peter Gast y a Georg Brandes, no se limita a una pasión personal. Nietzsche no es dado a los elogios. Él ha comparado a menudo la música con Circe por su poder equívoco: La música es un hechizo, (Carmen), ella embruja, pero también pervierte y absorbe completamente a sus auditores. «Cave musicam!» -¡Cuidado con la música!- (Humano, demasiado humano. Prefacio, § 3). De una forma bastante ambigua, Nietzsche ha escrito también que ¨es un prejuicio corriente en los filósofos creer que toda música viene de las Sirenas¨. (La Gaya scienza, § 372). Lo que es seguro, es que a la declaración citada en el epígrafe, Nietzsche le confiere innegablemente un alcance metafísico. El apotegma vuelve a colocarse a nivel de las intenciones del Creador: la vida deseada por Dios para los hombres no tendría sentido si faltara la música, la Creación estaría perdida si el mundo no incluyera la música. He aquí pues una suerte de Gloria in excelsis bajo la pluma del ateo Nietzsche, dirigido no a Dios, sino al mundo y a la vida. Sin música, la vida sería un error, así como, sin el Amor, la gracia y el Poder absoluto, Dios no sería Dios, sería un concepto fallido, una especie de diablo cojo.

Dios ha muerto. La vida es pues la única realidad. Y Nietzsche llama amor fati, afirmación, esta aprobación de la vida y de la realidad en todos sus aspectos, trágicos, fisiológicos, sensibles, afectivos, este «Fasagen» (dire-oui) «decir-sí» al mundo y a la vida, que las problemáticas metafísicas clásicas llamaban «Teodicea» (justificación de Dios). En este sentido, se podría atrever a decir que, para Nietzsche, la música es la justificación del mundo y de la vida, el «principio de razón suficiente», mejor aún, para hablar como Leibnitz, el «principio de lo mejor».

Pero cuál música, y en qué sentido la música define la vida, ¿expresa, según Nietzsche, el fondo y la perfección de la vida? Las preferencias y las intolerancias de Nietzsche en materia de música (géneros, estilos, compositores, técnicas armónicas y de contrapunteo) van a la par con su psicología, su cultura y su historia personal. Preferimos pasar rápidamente sobre sus gustos idiosincrásicos, para consagrarnos más bien a la concepción filosófica –usamos la palabra «metafísica»-, que ha propuesto a lo largo de toda su obra. Naturalmente, no haría falta recordar que la música esta relacionada íntimamente con todos los aspectos de la vida de Nietzsche: se ha escrito mucho sobre la música en general, sobre los compositores en particular, de su tiempo o del pasado. Así, un buen número de parágrafos de la segunda parte de Humano, demasiado humano, ya sea en Miscelánea de opiniones y sentencias (particularmente § 171) o en El viajero y su sombra (§§ 149 a 169) tratan de la música y de los músicos (alemanes en particular) en el marco de un análisis de la cultura alemana (Bach, Händel, Beethoven, Mozart, Schubert, Schumann...). Pero, evidentemente es sobre Wagner que Nietzsche concentra sus análisis, luego sus críticas cada vez más virulentas y finalmente sus embestidas panfletarias. Este «Privilegio» lo es, porque los dos hombres han sido bastante cercanos durante gran parte de los años 70 (el período en Basilea de Nietzsche), cuando Nietzsche se adhirió profundamente al hombre y sobre todo que amó profundamente su música, cuando incluso le opone públicamente (post mortem), sin que por otra parte creérselo mucho en su fuero interior, la Carmen de Bizet. Y es este conocimiento íntimo del hombre y de la obra que hace que Nietzsche haya visto en Wagner, el símbolo por excelencia de lo que aborrecía y temía como decadente, demagógico, anti-artístico y moralizador en la cultura alemana y –es necesario decirlo- en él mismo, un poco de la misma manera que ha combatido violentamente en él mismo y en la filosofía, este epítome del pensamiento metafísico, que era a su manera de ver Schopenhauer.

Pasando por alto sin apoyarnos sobre lo que se afirma, más pintoresco y anecdótico que verdaderamente significativo, es que Nietzsche se haya ocupado de la composición. A pesar de la piedad o de la curiosidad de algunos incondicionales o de musicólogos, las obras musicales de Nietzsche no han dejado y no merecen un recuerdo perdurable. Era un buen aficionado, pero no bastante competente para mantener la comparación con los verdaderos compositores. No temió rivalizar con uno de ellos, del cual se burló con frecuencia Robert Schumann, al punto de criticar su Obertura de Manfred, escribiendo una obra bajo el título (Manfred-meditación). Esta composición le ha valido los sarcasmos del músico profesional, al cual le había presentado su obra, el director de orquesta Hans vön Bülow, ex -marido de Cosima, hija de Liszt y esposa de Wagner.

¨¿Es conscientemente que usted desprecia todas las reglas de la composición, de la sintaxis superior a las leyes más elementales de la armonía? Pongo aparte su interés psicológico, ... su Meditación, desde el punto de vista musical, no tiene otro valor que el de un crimen en el orden moral¨. (Carta del 24 de julio de 1874)*

Es mejor preguntarse qué música escuchaba Nietzsche: ello nos puede guiar hacia la cuestión más central de saber, que papel le asignaba en la cultura, y luego cuál es la relación metafísica con la vida. Se trata pues, menos de los gustos del hombre Nietzsche, que de la importancia para la vida. Ahora bien, Nietzsche trastoca las cartas por el ejercicio despiadado del espíritu crítico moral y filosófico contra sus propios afectos, filosóficos, literarios o musicales. Una indicación está dada en Ecce Homo (Por qué soy listo § 7) ¨Aquello que en cuanto a mí exijo verdaderamente a la música. La música debe ser serena y profunda como una tarde de octubre. Que sea desenvuelta, tierna, una mujercita llena de abyección y de gracia. No admitiría jamás que un alemán sea capaz de saber lo que es la música... Yo mismo, soy bastante polaco, para dar por Chopin lo que queda de la música¨. Pasamos sobre la alusión al personaje amoral que es Carmen. Pasamos incluso sobre la pulla a los alemanes bajo el pretexto de orígenes polacos, por lo demás puramente imaginarios. Lo que Nietzsche quiere decir aquí debe comprenderse por una doble reacción a la concepción de la música y del arte, que Nietzsche ha encontrado en su maestro venerado y deshonrado Schopenhauer. Primero, como se puede constatar desde el Nacimiento de la tragedia (§16) hasta Ecce homo, Nietzsche estima como Schopenhauer, que la música expresa la esencia de toda vida. En el capítulo 52 del Mundo como voluntad y como representación, Schopenhauer escribe que la música es la expresión del mundo, del ser verdadero, es decir afectivo, de la realidad, del mundo como voluntad. ¨La música es una copia tan inmediata de toda la voluntad que es el mundo¨. El mundo, como voluntad, es afectividad. La música es la esencia íntima, sin pasar por la representación, la razón, el consciente, los conceptos. ¨La música no expresa nunca el fenómeno, sino la esencia íntima, el interior del fenómeno, la voluntad misma... Ella es la reproducción inmediata de la voluntad y expresa lo que hay de metafísico en el mundo físico, la cosa en sí de cada fenómeno¨. Hay pues ¨una relación estrecha entre la música y el ser verdadero de las cosas... Ella nos da lo que precede a toda forma, el núcleo íntimo, el corazón de las cosas... Ella expresa de una sola manera, por los sonidos, con verdad y precisión, la esencia del mundo, en una palabra, lo que concebimos bajo el concepto de voluntad¨. Nietzsche repetirá muchas veces la misma cosa, por ejemplo en Más allá del bien del mal: ¨La música es el intermediario por medio del cual las pasiones gozan de sí mismas¨ (§106). Por esto, parodiando una fórmula de Leibnitz que está al comienzo del capítulo citado, Schopenhauer escribe: ¨La música es un ejercicio de metafísica inconsciente, en la cual el espíritu no sabe que hace filosofía¨.

Aquí esta el punto importante para Nietzsche. La música expresa, más que cualquier otro arte, la realidad de la voluntad de poder, ella es aun trágica y melancólica, el fondo de toda vida, pero también un «estimulante de la vida» (Stimulanz zum Leben), incitación seductora a la vida (Verfuhrerin zum Leben). Se comprende por qué El nacimiento de la tragedia está subtitulada «A partir del espíritu de la música» Sin embargo, y es el segundo aspecto de la toma de posición nietzscheana con respecto a Schopenhauer, la música puede ser igualmente la traducción de la negación de la vida, conforme a la tesis de Schopenhauer según la cual el arte es por excelencia el medio de escapar a los sufrimientos de la voluntad, el medio para la voluntad de negarse y refugiarse en las ideas platónicas, paradigmas del arte. Es lo que explica el combate –a nuestro parecer de los melómanos contemporáneos, parcial, injusto y excesivo- contra Wagner, con la antítesis forzada y poco convincente entre Parsifal y Carmen. Pero lo que está en juego, según Nietzsche, es esencial para el problema de la civilización, de la afirmación dionisiaca de la vida. Esta aprobación se opone al resentimiento, a la moral, a la negación del cuerpo y de la vida, al renunciamiento, simbolizado por ¨el bobo puro¨ (der reine Tor) de Parsifal. La palabra clave de esta antítesis es un término que se ha señalado muy poco, ocurrencia frecuente bajo la pluma de Nietzsche desde Humano, demasiado humano, hasta Ecce Homo o el Crepúsculo de los ídolos. Es esta Heiterkeit. La he traducido por ¨belle humeur¨ -serenidad-, como una alegría serena y un poco desenvuelta en el corazón mismo de los sufrimientos y de los enigmas dolorosos de la vida y de las pasiones humanas. Una de sus primeras apariciones sirve para calificar la música de Mozart. Esta asociación conviene completamente a lo que Nietzsche quiere expresar: ¨El espíritu sereno, claro, tierno y ligero de Mozart, cuya gravedad respira la tranquilidad y no el terror¨. (El viajero y su sombra §165 y también §154).Es notable que Nietzsche, siempre pensando en Mozart, y en todo caso en ese tipo de música grave y serenamente alegre en medio de los sufrimientos, haya escrito hacia el 17 de diciembre de 1888 a Jean Bourdeau: ¨Cuento la serenidad entre las pruebas de mi filosofía¨, y que haya confirmado esta idea en uno de sus últimos textos publicados: ¨Conservar su serenidad cuando se está comprometido en un asunto tenebroso y extremadamente exigente, no es un asunto ligero: y sin embargo, ¿qué hay de más indispensable que la serenidad? (Crepúsculo de los ídolos, prefacio).

Se puede resumir en algunas notas fugitivas sobre el amor metafísico de Nietzsche y de su filosofía por la música con otro bello texto de 1888 sacado de Nietzsche contra Wagner, y retomado en la Gaya scienza (§368): ¨Y me planteo la pregunta: ¿Qué quiere pues, de la música mi cuerpo entero? Pues no es del alma... creó que su aligeramiento; como si todas las funciones animales debieran ser aceleradas mediante ritmos ligeros, audaces, turbulentos; como si el bronce y el plomo de la vida debieran olvidar su pesantez gracias al oro, la ternura y la untuosidad de las melodías. Mi melancolía quiere descansar en los escondites y los abismos de la perfección: he aquí por qué necesito de la música¨.

FIN

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